Mientras rocía agua, te quedas junto al campo, y observarla te llena el corazón de calidez.
Te encuentras junto al campo cuando empieza a rociar. Una fina niebla sale de las boquillas, como una llovizna primaveral, cayendo sobre las hojas del maíz, las vides de frijol y las plántulas recién brotadas. El sol aún está alto, pero por donde pasa la niebla, se siente fresco y húmedo.
Observas las plántulas, sus hojas brillando con gotas de agua; la tierra, que poco a poco se oscurece, se ablanda. Las gotas de agua resbalan por las hojas, goteando en la tierra, filtrándose en las raíces. Las plántulas beben, la tierra bebe, y tú, allí de pie, sientes como si bebieras con ellas.
Sientes una sensación de calidez en el corazón. No solo la calidez del agua en sí, sino la calidez de ver las plántulas prosperar, ver la tierra nutrida, ver cómo todo mejora. Antes, al regar los campos, tu corazón estaba seco: corriendo de un lado a otro, cansado, preocupado, sin tiempo para el calor. Ahora es diferente; te quedas ahí, y está funcionando; observas, y está lloviendo. Tu corazón se relaja lentamente, se ablanda lentamente.
Sopla una brisa, y la niebla te acaricia el rostro, fresca y refrescante. No te inmutas, simplemente te quedas ahí, dejándola fluir. Tu rostro se ablanda, y también tu corazón. Todas esas preocupaciones de los últimos años, esos días de tormento por el agua, parecen haber sido arrastradas por esta niebla.
Mientras salpica agua, te quedas junto al suelo observando, y tu corazón también se ablanda. A partir de hoy, tu tierra se ablanda, y también tu corazón.
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